Otro de los golpes que me dio el año pasado fue que básicamente una querida amiga (y vecina) fue sacándome de su vida, sin decir por qué hasta que, de un día para otro, me dejó de hablar. Esta es la historia.
Nos conocimos en una cena de una conocida en común por allá del 2022 y, por azares del destino, volvimos a coincidir y descubrimos que teníamos algo en común: ser la señora de las plantas.
Rápidamente se convirtió en una persona muy especial para mí, que vente a cenar, que vente a comer, que vamos a un pueblito mágico, que vamos al cine, que vamos a ver plantas, y a los pocos meses me comunicó que estaba embarazada. ¡Qué emoción!
Fue la primera amiga cercana con la que viví todo el embarazo y fue bonito presenciar todo ese proceso. Nació su hijo y estuve al pie del cañón para lo que necesitara, casi casi 24/7, celebramos el primer año de su bebé y, poco a poco, las cosas empezaron a cambiar.
El alejamiento y las indirectas
Creo que me encariñé demasiado pronto con una persona a la que no conocía realmente, quiero decir a profundidad, vaya.
Algunas veces me hacía comentarios, como en broma, de mi forma de ser, me sacaban de onda, pero los dejaba pasar porque ella se excusaba en que así son en el norte.
Tras el primer año de su hijo, yo empecé a notar que ella poco a poco se sentía o me dejaba de hablar porque hacía planes sin ella y fue total y evidente cuando una vez me fui a pintar con una amiga en común. Reaccionó súper mal y me disculpé, ella sólo me dijo: «no te preocupes, a una como mamá ya no la invitan a esas cosas».
Ja.
No la invité a pintar porque unas semanas antes, ella misma me escribió que iban a celebrar el cumple de su esposo sin «intrusos», lo cual me sacó harto de pedo porque entre esos intrusos también estábamos mi esposo y yo. En fin, lo dejé pasar.
Luego de que se sintió mal porque no la invité, genuinamente le ofrecí disculpas. Primero porque me importaba; y segundo porque en unas semanas nos íbamos de viaje a CDMX durante semana santa.
El viaje transcurrió normal. O eso creo. El regreso fue medio tenso, llegamos y lo que queríamos era ver a nuestros gatos y olerles sus patitas, así que agarramos nuestras chivas y nos fuimos.
El declive
Al día siguiente, pasamos a recoger unas cosas con ellos y ella se alejó, apenas nos saludó, pero su esposo nos habló sin bronca. Yo me quedé confundida, pensé «quizá necesita tiempo y espacio, pasamos casi 4 días juntos».
Durante meses le pregunté si todo estaba bien, ella decía que sí, pero no parecía. Siempre que me iba a entregar algo: maceta, algún tupper o lo que fuera, ella ya no me daba la cara, siempre me entregaba su esposo.
Yo me sentía mal porque no sabía qué había pasado, si en algún momento hice algo que le molestó, pero ella siempre respondía que todo estaba bien, que solo se quería alejar un tiempo de todo. Le creí.
La primera vez que nos vimos en una reunión fue incómodo, pero nos saludamos cordialmente, aunque tampoco interactuamos mucho. Poco a poco fui viviendo mi duelo y dando por terminada mi relación con ella, aunque guardando algo de esperanza por si se arreglaban las cosas.
Todo cambió un sábado de noviembre, cuando di por muerto cualquier sentimiento por ella.
La gota que derramó el vaso
Como dije, un sábado de noviembre (lo recuerdo porque ese día celebré mi cumple 35) fuimos mi cuñada, mi esposo y yo a una tienda de paca, cuando de pronto mi cuñada me dice «¿no es tu amiga?». Asentí, la miré, ella levantó la vista, la saludé, se puso roja y me ignoró. Me miró dos veces.
Mi cuñada me preguntó si ya no nos hablábamos. Le respondí que al parecer ya no. Seguimos comprando.
Ese día di por terminado todo sentimiento por ella. Durante meses, intenté saber qué había pasado, intenté arreglar las cosas, intenté varias veces hablar con ella y ella me negó esa oportunidad. Está en su derecho, más si hice algo que fue tan delicado como para tratarme así.
Pero también yo tengo dignidad, tal vez debí dar por terminada la amistad antes, debí darme cuenta que ella es así, me lo dijo una vez «yo sólo les dejó de hablar y ya». Quizá habría dolido menos si hubiera recordado esto antes.
Siento mucha tristeza al escribir esta historia porque esa querida amiga se convirtió en una parte muy bonita de mi vida en este estado, lejos de mi Ciudad del Caos, de mis amigos, de mi familia. Extraño la carne asada, ver crecer a su hijo, convivir con sus perros, los chistes, las plantas…
Esto es lo último que escriba sobre ella. Es mi carta de despedida. Es mi punto final, el que yo necesitaba para poder estar en paz.